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martes, 19 de noviembre de 2019
Valdosancho
Escrito por Paulino Aparicio Ortega   
lunes, 06 de agosto de 2012 a las 00:40
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    Me acerco al borde de la cuesta: rastrojos olvidadizos, cumplidores; fueron mozos en la ondulación del aire y producen la confortable serenidad de mirar un trabajo hecho y guardado, lo que de rueda tiene el pasar de las cosas, su lenta escucha...  A trechos el robledal hace pie con  árboles solitarios, sobrevivientes de una tala masiva. Voy con mi amigo. Quizá vaya pensando que un tiempo monta sus pies en otro, y luego, ya se va perdiendo la orientación, que es como perder la referencia de tener a mano lo que va un poco detrás; lo que se olvida y desdibuja en el pasar continuo.
    Se escucha al día llamar con muchas crecidas, porque: «la luz y el calor son la vida»; eso dice mi amigo con una razón universal que pongo en duda tibiamente, aun sabiendo que la certeza científica le avala. Su aserto es categórico y demostrable. El mío artificial, poético, intraducible, conjetural.
    ―A mí me gustan los días de luz más corta.
    ―Anda, anda, que no sabes ni lo que dices.
    ―Me suena mucho esta luz de charanga del verano―digo.
    ―Pero esto es la vida.
    Sé que tiene una razón distinta a la mía, una razón más saludable quizá. Esquivo dársela con una pregunta convencional:
    ― ¿Cómo se llama esto?
    ―Valdosancho.
    ― ¿Todo seguido?
    ―Yo creo que sí. No me hagas caso.
    Sí le hago caso. Por interés seguramente. Es un hermoso nombre mirando  la resonancia mitológica del escudero, con los pies y los ojos llenos de esta sensación tan terrestre.
Venimos  por un camino que dentro de unas  horas flameará como una llama. Cardos bruscos y zarzas que enseñan la mora infantil apretando el azúcar negro de septiembre con todos los vestidos del campo puestos, y una delicia en la boca difícil de nombrar.
    El camino llega a un punto de cuerda donde la llanura hace un viraje, y la cuesta rueda, pedregosa, fatigada, libre...
    Quedan restos de un abejar. Mampuestos con su ruina desorganizada y reconocible. Un almendro grande y tullido deja sombras enfermas. Él  puede recordar voces que yo no escuché nunca, puede recordar las bardas intactas, el escalonado donde las colmenas hacían pie. La visita curativa en el final de los inviernos, cuando había que arrimar a las colonias algún alimento que les dejara en los dedos el néctar presentido de la primavera indecisa.
    ― ¿Saldrían a las primeras flores como niños hambrientos? ―digo en voz alta.
    ―Salían a recolectar y a vivir, porque había más luz. Ya te lo dije antes.
    ―Sí ya me lo dijiste antes.
    Sobre las piedras grises la naturaleza traza su invasión. Y sin embargo serán reconocibles dentro de cien años si alguien no las utiliza para una edificación nueva.
    Él sabe cosas pero no las cuenta, o las cuenta poco. Hay  una melancolía desgreñada en los restos de la puerta, como un olor a ropa que se va cayendo por el tiempo. Se ve ancho, magnífico, el valle del Ungría: azul, con un esfuerzo de llamada hacía las cortinas del Tajuña. Hay algo remoto y grande de mar o de desierto que siempre, desde niño, miré con el deseo interminable de aprendérmelo, como el contrapunto de la prisa, como  la culminación de lo alto, y quizá sublime, o eterno, o victorioso... no sé…
 Algún pueblo planea manso entre los pliegues de la distancia. Ahora el día suena más, como si la luz hubiera despertado las semillas de lo que vive y forcejea, de lo que muere y prende, de lo que deja hilos como brochazos de continuidad; ciegos, obedientes. Pregunto:
    -¿Y esto cómo se llama?
    -Valdosancho. Te lo he dicho antes.
    -Pero estábamos en el llano.
    -Claro, porque coge las tierras de sembradura aledañas, pero el nombre viene de valle. Valle de Sancho.
    No contesto. Sigo mirando la amplitud planetaria donde el aire parece una sala sin límites, hacendosa, tendida, interminable.

            PAULINO  APARICIO  ORTEGA
Comentarios
gracias
Horchano (Invitado) .::. 08-08-2012 .::. 23:35:51

Gracias Paulino por regalarnos estas pinceladas de nuestra tierra. Siempre eché de menos que Camilo J. Cela no pasara por Horche en su "Viaje a la Alcarria", no nos hace falta, tú le sustituyes perfectamente.

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